
Prólogo
|Reescrita|
Desde siempre han existido criaturas de la oscuridad, ya sea como historias fantásticas, leyendas o cuentos de terror, pero éstos se han instalado en la mente humana como una realidad ficticia. Hechiceros, brujas, hombres lobo e incluso vampiros pertenecen a clichés de aquellos relatos salidos de grandiosos escritores que quizá jamás imaginaron estar escribiendo sobre una realidad escondida entre las sombras, o quizá sí.
Un cuerpo grande y fuerte descansaba en el medio de un gran cama, decorada en el centro de la habitación. La gran mansión tenía un aspecto gótico antiguo, envidia de muchos, condominio que estaba en la mira de varios asesores de Bienes Raíces. La ambición por aquella casa parecía pasarse generación por generación, pero nadie jamás había conseguido su cometido.
El rígido hombre que allí yacía abrió los ojos con aspereza, refunfuñando por la luz que se empezaba a filtrarse por las ventanas que estaba decoradas por pesadas y grandes cortinas, donde su función era no dejar entrar ni un solo rayo de sol, por lo general funcionaba a la perfección, así que eso sólo le indicaba una cosa: Ella estaba aquí.
—¡Demonios! ¿Qué es lo que quieres? —Se levantó a regañadientes de la cama, molesto sabiendo que tenía razón. Blade estaba allí parada, con sus manos en la cintura, con el ceño fruncido y los labios rígidos. Era hermosa, y la amaba, pero era tan desafiante con él que lo sacaba de sus casillas.
—Me voy. —Dijo, seriamente, y hasta ese momento no había visto la maleta que reposaba a su lado. Suspiró, había llegado el día, sabia que pasaría, pero siempre lo veía tan lejano, que le parecía irreal.
—¿Por qué? —Le preguntó, sin emoción alguna en su voz. Dejó su mirada muerta en los ojos de ella, estudiando la situación en su cabeza. Había pasado ya un siglo desde que la conoció, salvándola de las sucias manos de jefes de las trabajadoras sexuales, para después convertirla en su vampiresa.
Sí, ambos eran uno de aquellos seres de la oscuridad de la cual la gente escribía, seres de los cuales nadie creía realmente, pero que sí existían, Pocos mortales sabían de la existencia de los vampiros, no muchos tenía la suerte de vivir para siquiera procesarlo.
—Es tiempo. Vois me salvasteis, y te estaréis agradecida toda la toda la eternidad, pero ya no puedo seguir aquí. Tú y yo no podemos estar juntos. —Se acercó a él, sigilosamente, posó sus labios en la fría y pálida mejilla y desapareció.
Daniel sentía su aroma en el aire, estaba impregnado en toda la mansión. Se estremeció con la realidad, era un hombre frío, que poco mostraba sus emociones, y cuando lo hacia, sólo era rabia y enojo. Blade era todo lo contrario, y era natural que ella, al fin al cabo, se cansara de la situación. Pero él no podía sacar de su mente las palabras que alguna vez ella le prometió "Estaré contigo para siempre." Al parecer había olvidado tal promesa, y sólo eso era suficiente para que Daniel se llenará de desilusión, pero permaneció allí, inerte mirando a un punto muerto, como él, muerto.
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